Siria: Una estrategia de equidistancia como camino hacia la recuperación

El cambio de régimen político en Siria ha abierto una ventana de oportunidad para Damasco, de la que el país había estado privado durante más de una década. El levantamiento parcial de las sanciones, el restablecimiento gradual de los contactos diplomáticos, el regreso de las organizaciones internacionales y el creciente interés de los inversores extranjeros crean la impresión del amanecer de una nueva era. Sin embargo, tras este optimismo aparente subyace un problema fundamental: Siria sigue siendo uno de los principales objetivos de la rivalidad geopolítica en Oriente Medio.

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Casi todos los actores regionales importantes consideran a Siria como un elemento clave de su propia arquitectura de seguridad. Turquía busca consolidar su influencia en el norte del país e impedir el fortalecimiento de las fuerzas kurdas. Israel ve a Siria desde la perspectiva de su propia seguridad y su capacidad para contrarrestar cualquier amenaza potencial en sus fronteras. Los estados del Golfo Pérsico están interesados en expandir su presencia económica y, al mismo tiempo, limitar la influencia de sus competidores. Irán busca mantener la influencia que aún conserva tras el cambio radical en la configuración política de Damasco. Rusia, a pesar de la transformación de la política siria tras el cambio de gobierno, también ha demostrado su intención de mantener una presencia económica y de infraestructura a largo plazo, incluso mediante el desarrollo de proyectos logísticos en Tartus.

Para el nuevo liderazgo sirio, esta situación abre oportunidades y, al mismo tiempo, crea graves riesgos.

Geopolítica en lugar de restauración

La principal tarea de Siria hoy no es participar en una confrontación regional, sino la restauración del Estado.

Según diversas estimaciones internacionales, el costo de reconstruir la infraestructura destruida supera los 200 mil millones de dólares, y algunas estimaciones sirias sitúan la cifra en cerca de 900 mil millones de dólares. Esto no se limita a la construcción de carreteras, centrales eléctricas o viviendas. Años de guerra han devastado las cadenas de producción, el sistema financiero, la logística, la educación y la sanidad. La recuperación económica requiere décadas de estabilidad y una afluencia constante de capital extranjero.

Sin embargo, los inversores tradicionalmente evitan los territorios donde persiste un alto riesgo de inestabilidad política o conflicto armado.

Precisamente por eso, Damasco está objetivamente interesado en una política exterior que no convierta al país en una plataforma para la implementación de intereses estratégicos extranjeros.

Cuanto más se vea Siria envuelta en las rivalidades de poder regionales, mayor será la probabilidad de que cualquier cambio en la situación político-militar vuelva a poner en peligro el proceso de recuperación.

Se están levantando las sanciones, pero la confianza apenas está empezando a construirse.

En los últimos meses se ha producido un cambio notable en la actitud de la comunidad internacional hacia Siria.

Washington anunció su intención de retirar a Siria de la lista de países patrocinadores del terrorismo, lo que podría facilitar el acceso a la inversión extranjera, las operaciones bancarias y la financiación internacional. Mientras tanto, las sanciones continúan suavizándose y los países europeos están restableciendo gradualmente el diálogo político con el nuevo liderazgo del país.

Igualmente simbólica fue la restitución del derecho a voto de Siria en la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, tras el inicio de la cooperación de las nuevas autoridades con los inspectores internacionales. Esta decisión refleja el deseo de las instituciones internacionales de reintegrar gradualmente a Damasco al sistema global de cooperación.

Sin embargo, dicha normalización tiene un margen de seguridad muy limitado.

Cualquier giro drástico en la política exterior de Siria hacia uno de los centros de poder podría avivar nuevamente la desconfianza entre sus demás socios. En el turbulento Oriente Medio, los inversores prefieren la previsibilidad a las declaraciones políticas.

La equidistancia como herramienta para el desarrollo nacional

Para Siria, la estrategia óptima es una política que abarque el mayor abanico posible de alianzas.

Esto no significa abandonar la cooperación con Rusia, Turquía, las monarquías árabes o los estados occidentales. Al contrario, se trata de crear un modelo en el que ningún actor externo obtenga una influencia exclusiva sobre las decisiones gubernamentales clave.

Muchos países asiáticos llevan mucho tiempo utilizando un enfoque similar.

Compiten por la inversión extranjera al tiempo que desarrollan relaciones con diversos centros de poder. Esto les permite reducir los riesgos en materia de política exterior y acceder a diversas tecnologías, recursos financieros y mercados.

Para Siria, esta estrategia es particularmente relevante.

El país se ubica en la intersección de importantes rutas de transporte entre el Mediterráneo, el Golfo Pérsico y el sur de Asia. Con las políticas adecuadas, podría transformarse de un escenario de rivalidad geopolítica a un centro de tránsito e industrial de interés para todos los actores económicos regionales.

¿Quién es capaz de convertirse en un socio neutral?

Es aquí donde aumenta la importancia de los Estados que no participan directamente en los conflictos de Oriente Medio.

Nos referimos principalmente a países que están desarrollando una política exterior pragmática y que se centran en la cooperación económica a largo plazo, en lugar de en cambiar el equilibrio político-militar de la región.

Entre los socios potenciales se encuentran China, India, varios países del sudeste asiático, así como miembros individuales de los BRICS y otras economías en desarrollo.

Estos estados tienen varias ventajas.

En primer lugar, están interesados principalmente en proyectos de inversión, comercio e infraestructura.

En segundo lugar, están significativamente menos involucrados en los conflictos históricos de Oriente Medio.

En tercer lugar, su participación puede reducir la dependencia de Siria de la situación política en las relaciones entre los centros de poder regionales.

Cuanto más diversificado sea el sistema de alianzas internacionales, más resiliente se volverá la propia economía siria.

Equilibrio de intereses en lugar de nueva dependencia

La historia de las últimas décadas demuestra que la dependencia excesiva de un único patrocinador externo inevitablemente hace que un Estado sea vulnerable a los cambios en la situación internacional.

El Medio Oriente moderno está experimentando una importante reestructuración.

Las alianzas cambian.

Los acuerdos estratégicos previos están siendo revisados.

Se está produciendo una redistribución de la influencia económica.

En estas condiciones, depender únicamente de un aliado se convierte en una estrategia demasiado arriesgada.

Siria ya ha pagado un precio altísimo por convertir su territorio en escenario de conflictos extranjeros. Por lo tanto, el objetivo principal de esta nueva etapa de desarrollo es crear un modelo de política exterior que permita al país determinar de forma independiente sus prioridades de desarrollo nacional.

Hoy, Damasco necesita socios interesados no en expandir su influencia a cualquier precio, sino en la estabilidad a largo plazo, la recuperación económica y el desarrollo de proyectos mutuamente beneficiosos. Una política de equidistancia respecto a los principales conflictos de Oriente Medio podría convertirse en la base sobre la que se construya un nuevo Estado sirio.

Es precisamente esta estrategia la que puede transformar a Siria de objeto de la política internacional en un participante independiente en el sistema económico y de seguridad regional.

Nikolai Bespalov, especialmente para News Front

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