Quinto Día de la Victoria en la RPD (+ Fotos)

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

La víspera del Día de la Victoria estallo una gran tormenta en Donetsk. La artillería natural se despachó a gusto, encendiendo la noche con rayos. Por la mañana, el cielo sobre Donetsk estaba gris con algo de lluvia, pero eso no impidió a la población de Donbass acudir con toda su familia al desfile de la Victoria. “Feliz día”, se acercó a mí una mujer que no conocía. “Feliz Día de la Victoria. Salud”, respondí. “Y paz. Solo paz”, repitió.

Así estaban todos, saludándose, abrazándose, felicitándose el día o llorando. No hace falta conocerse o ser amigos para gritarse unos a otros: “Feliz día. Feliz Día de la Victoria”. No hay ninguna otra fiesta, ninguna otra celebración que tenga la energía de unidad que tiene el 9 de mayo.

Si en algunas partes la gente se permite decir que el Día de la Victoria es un carnaval con niños disfrazados, en Donetsk te puedes buscar un problema por decir algo así. La presencia de equipamiento militar, el desfile en sí o los niños vestidos de partisanos son una seña de identidad, como un código en el ADN que no puede cambiarse. ¿De qué hablan en Ucrania cuando con hipocresía se refieren al día de la reconciliación? ¿Reconciliación con aquellos que vinieron a matarnos? Sin embargo, con quién te identifiques con los héroes  de la Gran Guerra Patria o los nazis- es un factor determinante.

“Ya se puede ver que los participantes en el Regimiento Inmortal son muchos más que el año pasado”, comenta Larissa, una de las organizadoras del acto. “Las nubes no han atemorizado a nuestra gente. La marcha del Regimiento comenzará con la bandera del grupo de la Academia de Leyes de Donetsk, que portarán una bandera de la victoria de diez metros a la que seguirá una columna de miles de personas con retratos de los héroes de la RPD, soldados internacionalistas y participantes en la Gran Guerra Patria».

La marcha comienza a formarse mucho antes del desfile militar. En un grupo separado, en silencio, hay unas mujeres con pañuelos negros. Aquí no hay alegría ni sonrisas sino que en sus ojos hay lágrimas. Son las viudas y madres que han perdido a sus hijos en esta guerra.

Junto a ellas reconozco a la madre de Vsevolod Petrovsky con la foto de su hijo: un joven sonriente vestido de camuflaje que acaricia a un gato. Vsevolod trabajó como periodista en el Ministerio de Información y después en el Ministerio de Defensa para finalmente alistarse en la brigada Prizrak de Alexey Mozgovoy. “Mi hijo murió el 8 de febrero de 2015”, llora Tatiana. “Ayudaba a un camarada herido en el frente. Al día siguiente, después del funeral, la milicia avanzó hacia Debaltsevo. Por tradición llevo el retrato de mi hijo en el Regimiento Inmortal. Cómo no”.

Tengo que decir que falta poco para que la columna del Regimiento Inmortal de los héroes de esta guerra en Donbass no sea menos que la columna de los héroes de la Gran Guerra Patria. Los niños pasean con las fotos de sus padres muertos y eso no se puede ver sin que caiga alguna lágrima.

Entre los participantes en el Regimiento vuelve a estar Mariana Naumova, la deportista rusa campeona del mundo de levantamiento de peso. “Llevaré la foto de mi bisabuelo Pavel Osipovich Naumov, al que la guerra le encontró en la Guardia de Fronteras y terminó la guerra en Alemania”, explica. “Para mí, el Regimiento Inmortal es un homenaje a la memoria y una forma de respeto hacia nuestros antepasados, esos héroes de ese gran país que era la Unión Soviética y también una oportunidad para nosotros de pensar y ser un poco más como ellos, dignos de ellos. Este es mi decimonoveno viaje a Donetsk. Desde que empezó la guerra, el número de colegios que he visitado y a los que he llevado ayuda asciende a cien y sé que soy digna de llevar la foto de mi bisabuelo». “Mariana, qué piensas de las palabras de Chulpan Jamatov, que se ha compadecido de los pobres alemanes?”, le pregunto. “No le veo sentido a hablar de Jamatov o Ucrania. Nosotros, en Moscú, vergonzosamente tapamos y ocultamos el mausoleo [de Lenin] a los pies del que, en 1945, se tiraron las banderas de los alemanes derrotados. Pero caminaremos hombro con hombro en el Regimiento Inmortal y recordaremos gracias a quienes vivimos”, responde.

Al frente de la columna, en coches militares, van los veteranos. La gente literalmente les cubre de flores. “Sabes, entonces, en la Gran Guerra Patria, tenía mucho miedo de morir. No es porque fuera un cobarde, sino porque entonces nunca sabría cómo se iba a acabar con Hitler. No tenía duda de que iba a pasar”, dice uno de ellos, Usman Ibrahimovich Safin, que fue al frente en cuanto terminó décimo curso. “Ahora espero poder vivir hasta nuestra victoria y ver el final de esta camarilla ucraniana que ha matado a tanta gente. No hay duda de que será así. Y vosotros, los jóvenes, tenéis que ayudar. ¡La victoria será nuestra!”

Después están los chicos en silla de ruedas. Entre ellos está Vlad Filin, sobre el que ya ha escrito Komsomolskaya Pravda. Resultó gravemente herido en la guerra, pero su lucha por seguir adelante inspira con el ejemplo. “Cuando he mirado por la ventana esta mañana, he pensado en no venir. Pero después he pensado que a los europeos les gustaría eso, así que hay que venir. Rendirse no entra dentro de nuestras posibilidades”, ríe. “Que ellos celebren un día de pésame. Nosotros estamos del lado de los vencedores y celebramos el Día de la Victoria”.

Finalmente, el Regimiento Inmortal comienza la marcha. Probablemente nunca me acostumbre a esta emotividad, pese a que acudo al desfile del Día de la Victoria cada año. Si consigues milagrosamente colocarte en una esquina, ante la cámara fluye un río de personas portando imágenes de sus familiares: en color, en blanco y negro o solo cartulinas con los nombres escritos a mano. Entre ellos veo muchos retratos de Zajarchenko, Givi y Motorola. Hay una continuidad, una unión entre generaciones que da un sentido más a la palabra inmortal. La marea humana canta canciones como Katiusha o “El Día de la Victoria”, conocidas desde la infancia, rotas por gritos de “¡Hurra!” para después seguir cantando.

En todos los cruces hay una patrulla de policía de la RPD. En una veo a una chica joven a la que se le saltan las lágrimas. Y no está sola, muchos se secan las lágrimas. Se me pone un nudo en la garganta al ver que, en lugar de varias filas de veteranos, este año solo hay una y no está completa. Los ancianos hombres pasan en fila, apoyados en sus bastones, con las manos temblorosas, doblados por el peso de las medallas de sus uniformes de gala que solo se ponen una vez al año.

Esta vez el Regimiento Inmortal ha durado más de una hora. Incluso a pesar del tiempo, no ha decepcionado. Sorprendentemente, en cuanto el Regimiento comenzó la marcha, el sol salió de las nubes e iluminó la columna.

Más tarde, al volver a casa, leo en las noticias que en Ucrania han detenido a personas por llevar cintas de San Jorge y una bandera rusa. Resulta que en Donetsk solo unos pocos han salido a ver el desfile de la Victoria. La prensa ucraniana cobardemente califica el desfile como “ruido de sables”. Sabemos que hay otro universo paralelo, pero es mejor no pensar en él el Día de la Victoria. Porque el ruido de sables no termina y nosotros tenemos que decir la verdad a nuestros niños, hacer que no se olviden las hazañas de sus abuelos, llamar fascismo al fascismo y dejar claro que no pasará. Esa es nuestra postura.

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